Murió el Indio Solari y su partida lo ubica en el panteón exclusivo de los ídolos que atravesaron el corazón del pueblo. El adiós a un artista extraordinario, en la nota de la semana de Revista Acción.
Por Mariano del Mazo
Espacio auspiciado por la Banca Solidaria de Credicoop.
«Te llevo en cada recuerdo, en cada canción de ayer. Con un inmenso dolor. Buen viaje, mi querido amigo, hasta siempre. Ahora sos la luz que viaja entre nosotros y para siempre». Las sentidas palabras de Skay Beilinson sintetizan la desolación de una mañana gris de otoño: murió el Indio Solari. Su partida lo ubica en el panteón exclusivo de los ídolos que atravesaron el corazón del pueblo. El «Murió el Indio Solari» tiene para muchos el impacto que tuvo aquel «Murió Diego Maradona». Es un golpe en la nuca de una comunidad. Difícil mensurar el vacío que deja. Su obra de más de 40 años acompañó a varias generaciones que vieron en él a un artista honesto, severo, pura verdad.
Representó el discurso y la lírica del fenómeno más impactante de la cultura argentina. Con las guitarras épicas y sinuosas de Skay, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue una mosca blanca dentro del rock argentino: una banda constituida por una poética, por símbolos y mística. La estética fue ética, y fue el Indio quien enarboló los conceptos que barajaba con la Negra Poli en noches larguísimas, matizadas por buenas copas y amistad. El Indio, Skay y Poli fueron profundamente amigos, un lazo de hierro que sostuvo una aventura fascinante, en los bordes de todo. Independientes, autogestivos, tercos, nobles, refractarios a la televisión y a las mieles del poder, treparon disco a disco la Sierra Maestra del rock e hicieron una revolución. Única, singular, extraordinaria.
Mientras los primeros 90 eran una exhibición trepidante de maquillaje, limusinas y conquista de mercados, ellos señalaron otro camino. El Indio –fóbico como pocos– hablaba de los principios del placer. Cargaba como una cruz el hecho de ser, según él mismo decía, «la estampita de la banda». Cantaba letras que hablaban de dolores, de infiernos, de barrios desangelados, del desamparo existencial. No le interesaba el runrún de la frivolidad.
Máximas antisistema
La historia de los Redondos define una parábola perfecta. Nacieron en dictadura y se forjaron en el medio de la cacería desaforada del terrorismo de Estado de los aciagos 70. Bien escuchadas, las letras del Indio funcionan como un psicodélico manual de historia, como ítems de máximas antisistema. Su gran influjo fue la contracultura yanqui de los 60, la poesía beatnik, el comic. Nunca fue solo rock and roll: fue política, fue la capacidad de decir «no», fue la libertad, incluso el federalismo. En el Indio siempre vibró una verdad, por eso no necesitó enmascarar el discurso de demagogia cuando cambió la conformación social del público, drásticamente, a partir de la década del 90.
Mientras su música se complejizaba sin perder la impronta de rock and roll, las salas comenzaron a quedar pequeñas y llegaron chicos y chicas de otros barrios, expulsados del sistema por el menemismo. Solari los definió como los pibes de «los barrios desangelados»: una tropa suburbana. ¿Cómo resonaban en esas almas desarrapadas versos como «Vamos las bandas, rajen del cielo», «Me voy corriendo a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle», o «Esos chicos son como bombas pequeñitas»? ¿Qué veía la gente en ese pelado de chomba que hacía cine independiente experimental en La Plata y que no ocultaba su devoción por el whisky importado?
No hubo condescendencia alguna. El Indio nunca habló para la hinchada. Cuando su música se volvía cada vez más oscura las misas se volvían cada vez más masivas. Cantó su época, y la época lo cantó a él. Fue un médium, una antena, un procesador de energías. Cuando los Redondos se diluyeron entre conflictos internos y un país que estallaba, el Indio siguió con su obcecación de mula. Dijo, entre la melancolía y la sabiduría: «Bastante duró la joda. Fueron treinta años».
Una de las grandes bisagras fue cuando declaró, a su manera, como todo lo que hacía, que tenía «una enfermedad malvada». Aclaró: «No es cáncer ni HIV». Tardó en decir que se trataba de Parkinson. El Indio siempre manejó un elemento de misterio, siempre mostró lo que quería mostrar. Su poder mental era insondable. Además de una capacidad oradora envolvente y una musicalidad certera, casi de político, para emitir ideas de hechicero rocker, supo predecir acontecimientos con más precisión que muchos intelectuales. En otro mundo, hace medio siglo, en su casa de Ramos Mejía, en charlas con Enrique Symns que fueron publicadas en la revista Cerdos & Peces, predijo de alguna manera la fragua entre las corporaciones y los medios de comunicación, y afirmó que ahí, en esa unión, se iba a debatir el poder real.
El tiempo pasó, todo se derrumbó excepto la vigencia que tuvo su obra en la gente. Como solista encaró un cancionero destacable, a la altura de su vieja banda. Multiplicó panes y peces y rompió su asepsia política. Utilizó las redes, publicó sus memorias y en silencio, mientras su enfermedad avanzaba, se preparó para el final. Aquel poeta más o menos críptico, más o menos hermético, empezó a volverse autorreferencial y llano. Una de sus últimas y más bellas canciones fue «Encuentro con un ángel amateur»: «Empiezo por el final/ terminaré en el principio/ mis intereses, quizá/ no fueron saludables/ yo ya no puedo cumplir/ hazañas que prometí/ solo seguir cantando».
Hoy la Argentina está triste. Llegó ese momento, el del encuentro con el ángel. Como se suele decir, quedan las canciones. No alcanza. La muerte del Indio representa el final de una época donde la palabra y la reunión de multitudes eran parte de un ritual, de una celebración que no tenía exactamente que ver con la venta de entradas. Era juntarse para ver «qué escribe la tribu de mi calle», reconocerse, pensar que una canción puede amortiguar el dolor. Sentir que ese señor severo, algo lejano, nos estaba entregando todo lo que tenía: su verdad y su arte. Murió el Indio, pero sigue brillando: esa estrella es nuestro lujo.






