En el marco de Octubre Rosa, Claudia comparte su historia en primera persona: cómo descubrió una señal de alerta, atravesó las quimioterapias y las sesiones de rayos, y encontró en sus hermanas, sus amistades, su pareja y el amor por la vida las fuerzas para seguir adelante. Hoy, con su lema “Tocate las tetas”, busca generar conciencia y alentar a otras mujeres a prestar atención a su cuerpo y consultar a tiempo.
Hay historias que conmueven por lo que cuentan, pero también por la manera en que se cuentan. Claudia Decorte eligió hablar sin vueltas, con humor, emoción y una sinceridad que atraviesa cada palabra. Su experiencia con el cáncer de mama la enfrentó a uno de los desafíos más difíciles de su vida, pero también la llevó a reconocer el valor de los afectos, aceptar sus propios tiempos y reafirmar algo que siempre tuvo claro: quiere seguir viviendo, viajando, haciendo cerámica y disfrutando de todo aquello que la hace feliz.
En Octubre Rosa, su testimonio se convierte en un llamado a la prevención, pero también en una invitación a acompañarse entre mujeres y a no transitar en soledad los momentos difíciles.
Una señal que no pasó por alto
Claudia venía realizándose los controles médicos y los resultados estaban bien. Sin embargo, un día, mientras se revisaba, notó algo diferente: una dureza y un hundimiento en una parte de la mama al levantar el brazo.
La señal le llamó la atención. Su primera reacción fue pensar que podía tratarse de un cáncer, aunque todavía no tenía un diagnóstico. En ese momento estaba por comenzar sus vacaciones y decidió disfrutar ese tiempo, pero al regresar acudió a su ginecólogo, el doctor Óscar Cafaratti.
Era 2025. Después de la consulta llegaron los estudios y la confirmación de la enfermedad. El tumor tenía 1,7 centímetros de diámetro.
Al recordar aquel momento, Claudia deja una reflexión que considera fundamental: los controles médicos son indispensables, pero también lo es prestar atención a los cambios del propio cuerpo. Una alteración que aparece entre un estudio y otro merece ser consultada sin demora.
“Tenemos que saber que el cáncer detectado a tiempo no implica muerte. Podemos hacer todo el tratamiento para tener estos años que nos quedan y disfrutarlos a full”, expresa.
Su mensaje no busca minimizar la enfermedad ni el camino que implica atravesarla. Por el contrario, apunta a que el miedo no demore una consulta y a que ninguna mujer deje pasar una señal que le resulte extraña.
Quimioterapia, rayos y un tratamiento que continúa
El diagnóstico marcó el comienzo de una etapa exigente. Claudia tuvo que atravesar quimioterapia y radioterapia, tratamientos que recuerda con crudeza y sin disimular el sufrimiento que le provocaron.
“Pasar, atravesar las quimios es horrible. Lo odié”, cuenta con la franqueza que caracteriza su relato.
Durante esos meses hubo días en los que se sintió sin fuerzas, lloró y se enojó porque no podía hacer las cosas que disfrutaba. La cerámica, una de sus grandes pasiones, quedó momentáneamente en pausa. Aunque sabía cuánto bien le hacía, físicamente no podía sostenerla como antes.
Después llegaron los rayos, y el proceso continuó con un tratamiento hormonal que deberá seguir durante cinco años, de acuerdo con la indicación médica que recibió.
Claudia sabe que el camino no termina cuando finalizan las sesiones. Los controles y el seguimiento forman parte de una etapa prolongada, que exige paciencia y compromiso.
“Es un proceso largo. Sí, lamentablemente. Pero te mantiene viva, en definitiva”, resume.
En su testimonio hay espacio para el enojo, el cansancio y la tristeza. No presenta la enfermedad como una experiencia que deba vivirse con optimismo permanente. Reconoce que hubo momentos en los que no pudo más y que aceptar lo que estaba atravesando no fue sencillo.
“Tenés que amigarte, aceptarlo y hacerlo. ¿Por qué? Porque querés seguir en esta vida todavía con proyectos, con metas”, reflexiona.
Para una mujer acostumbrada a decidir por sí misma y defender su libertad e independencia, aceptar que debía cumplir indicaciones y atravesar un tratamiento fue un aprendizaje difícil. Entender que hacerlo era parte del camino para seguir viviendo le permitió encontrar una razón para avanzar.
El abrazo de sus hermanas y el amor que la sostuvo
Si algo destaca Claudia al reconstruir su historia es la importancia de quienes estuvieron a su lado.
Sus hermanas, Lorena y Paula; sus hijas; su familia; sus amistades y su pareja, Adrián Santini, se convirtieron en una red de contención durante los momentos más duros.
En particular, recuerda a Lorena, su hermana menor, quien años atrás había atravesado una pérdida familiar devastadora: la muerte de su hijo. En medio de su propio dolor, fue ella quien pudo darle aliento, abrazarla y ayudarla a encontrar fuerzas para continuar.
Claudia reconoce en esa experiencia un aprendizaje profundo: la posibilidad de seguir adelante aun cuando el dolor parece ocuparlo todo.
“Si ella pudo con este dolor tan terrible y sigue viva, es manejar el dolor, es manejar las desilusiones, las frustraciones, es poder levantarse todas las mañanas”, expresa.
Lorena la alentó a volver, de a poco, a las actividades que le hacían bien. Incluso cuando Claudia sentía que no tenía fuerzas para retomar la cerámica, su hermana la animaba a ir al taller, aunque fuera un rato, aunque necesitara llorar allí.
No siempre pudo hacerlo. Durante las quimioterapias hubo momentos en los que el cuerpo simplemente no respondía. Pero ese acompañamiento permaneció como una invitación a volver a intentarlo cuando fuera posible.
También estuvieron las amigas que la llamaban por videollamada, las personas que se acercaban a su casa solamente para darle un abrazo y aquellas que la llevaban al hospital para recibir la quimioterapia y luego la acompañaban de regreso.
“Yo tengo muy buenas amistades y las amo”, dice, agradecida por cada gesto que la ayudó a atravesar la enfermedad.
Y hay un nombre que ocupa un lugar especial en su relato: Adrián, el hombre que eligió para compartir su vida. Durante los días difíciles de la quimioterapia estuvo a su lado, acompañándola en sus necesidades cotidianas, sosteniéndola cuando lloraba y permaneciendo allí incluso cuando el dolor y el cansancio hacían que todo resultara más difícil.
Con humor, emoción y mucho amor, Claudia le agradece por haberla acompañado sin reproches y por darle la mano cuando más lo necesitaba.
Su historia muestra que acompañar a una persona enferma también significa estar presente en los días en que no hay palabras que alcancen, cuando el cansancio se impone y cuando la ayuda más importante puede ser, simplemente, quedarse al lado.
Volver a disfrutar de las pequeñas cosas
Claudia no oculta que la enfermedad dejó marcas físicas y emocionales. Tampoco pretende encontrarle una explicación definitiva a todo lo que vivió.
“Yo no lo necesitaba ese recreo”, dice, al referirse al tiempo que el cáncer la obligó a detenerse y cambiar el ritmo de su vida.
Sin embargo, hoy elige celebrar que atravesó los tratamientos y que pudo volver a hacer aquello que disfruta. La cerámica, los encuentros, los afectos y los proyectos recuperaron su lugar.
Su mirada está puesta en el futuro. Quiere viajar, disfrutar de las personas que ama y llegar a los 90 años, una meta que menciona con una sonrisa y tomando como referencia a su tía Pirucha, que ya tiene 94.
No se define como un ejemplo, pero acepta compartir su experiencia porque sabe que sus palabras pueden llegar a otras mujeres que estén atravesando una situación similar.
También encontró en las redes sociales un espacio para expresar lo que sentía. A través de sus publicaciones recibió mensajes de personas que no conocía y que le contaron cuánto las había ayudado leerla.
Esa experiencia reforzó una convicción: hablar puede abrir puertas, generar identificación y tender puentes entre quienes atraviesan situaciones difíciles.
“Entre todas, yo creo y es así, mujeres, a las mujeres nos pasan cosas de mujeres y nos tenemos que abrazar entre nosotras, entre todas las mujeres”, sostiene.
“Tocate las tetas”: un lema para perder el miedo y consultar
Si hay una frase que identifica a Claudia en esta campaña de concientización, es directa, popular y difícil de olvidar: “Tocate las tetas”.
Ella misma explica por qué eligió esas palabras. Prefiere nombrar el cuerpo de una manera cotidiana, sin eufemismos ni vergüenza, para que el mensaje llegue con claridad.
Su propuesta es dedicar unos minutos a observar y conocer las propias mamas, prestar atención a cualquier cambio y consultar al médico si aparece algo inusual. Una dureza, un hundimiento, una molestia persistente o cualquier alteración que llame la atención son motivos para buscar orientación profesional.
La autoobservación puede ayudar a reconocer cambios, pero no reemplaza los controles médicos ni los estudios indicados según la edad, los antecedentes y las características de cada persona. Por eso, recomienda consultar con el ginecólogo y mantener al día el seguimiento de la salud.





