El papa visitará el país al que Francisco nunca pudo llegar como pontífice. Las razones de su viaje, su relación con América Latina y los gestos que habrá que observar en una gira que promete sorpresas y consecuencias políticas, en la nota de la semana de Revista Acción.
Por Washington Uranga – Espacio auspiciado por la Banca Solidaria Credicoop
Entre el 8 y el 11 de noviembre de este año, León XIV visitará la Argentina en el marco de un viaje apostólico que lo llevará también a Uruguay y Perú, su patria por adopción. Si bien es difícil desentrañar los propósitos con los que Robert Prevost llegará al país, hay indicios que permiten acercar algunos elementos para despejar las dudas.
Según las estadísticas oficiales de la Iglesia reflejadas en el Anuario Pontificio, en América Latina habitan aproximadamente 560 millones de católicas y católicos, lo que representa el 40% de la feligresía mundial. Por lo menos en términos formales, es la región «más católica» del mundo, aún consignando que el número de fieles viene decreciendo y que, en buena parte de los casos, la condición de tal no se refleja en pertenencia activa y participación institucional, sino más bien en una suerte de adhesión laxa y hasta cultural.
En 1979, Juan Pablo II inauguró para la Iglesia católica otro modo de presencia y visibilidad a través de los viajes papales: visitó 129 países. Francisco realizó 47 viajes a 66 países. Desde que asumió, el 18 de mayo de 2025, León XIV visitó Turquía, Líbano, Mónaco, Argelia, Camerún, Angola, Guinea Ecuatorial y España. Este septiembre irá a Francia. En ninguno de esos lugares la Iglesia cuenta con la incidencia que tiene en nuestra región, aunque no es desdeñable la tradición católica (hoy en crisis) en Europa y que es en África donde actualmente más crece el catolicismo.
Latinoamericanizado
De la Iglesia de América Latina han surgido desde las décadas finales del siglo pasado los mayores aires de transformación del catolicismo. La llamada Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo calaron profundo en el pensar y el hacer de la Iglesia a nivel universal. Jorge Bergoglio, convertido en papa Francisco, no solo plasmó esas ideas y aires de renovación, sino que estratégicamente se ocupó de transformar la relación del catolicismo con las personas, con sociedades nacionales e internacionales. Para ello también llevó a Roma a figuras de la Iglesia latinoamericana en quienes delegó responsabilidades y entregó poder de decisión.
Robert Prevost, estadounidense por nacimiento, fue a Perú como misionero y en 2015 asumió la nacionalidad peruana, se «latinoamericanizó». El 30 de septiembre de 2025, Bergoglio lo nombró cardenal.
León XIV viene ahora a Uruguay, Argentina y Perú porque necesita hacer valer su presencia en esta región del mundo, que, siendo parte de América Latina, es crucial y estratégica para el catolicismo. Lo hace, además, porque se siente y se considera latinoamericano, social, cultural y eclesialmente.
Viaja a Perú porque es su país. Viene a Argentina porque es el país de Francisco, al que Bergoglio nunca pudo visitar por diferentes razones. En este caso, es un reconocimiento y una forma de agradecimiento a Francisco y a su legado (que el papa reivindica), y ese mensaje es el que León XIV quiere transmitir al pueblo argentino y a la feligresía que lo espera.
Justicia social
Viene también porque los obispos argentinos se lo pidieron. Son los religiosos «made in Francisco» (dicho con el mayor respeto), nombrados por Bergoglio para cambiar la matriz del episcopado eligiendo a los «obispos con olor a oveja» y para que, siguiendo el ejemplo del asesinado Enrique Angelelli, cumplan su tarea «con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo».
Respecto del viaje del papa, abundan las especulaciones e incluso entre el progresismo católico hay críticas que advierten sobre el riesgo de que el Gobierno de Javier Milei utilice la presencia de León XIV en el país para sacar rédito político y electoral. Es difícil descartar totalmente que algo de ello pueda suceder.
Sin embargo, no habría que perder de vista aquello que vienen señalando los obispos argentinos en intervenciones públicas que han sido sumamente críticas con la situación social del país, en defensa de los más pobres y vulnerables. Intervenciones basadas, además, en la reafirmación de la doctrina social de la Iglesia, que tiene como eje la justicia social que el presidente Javier Milei califica de «robo» y de «basura».
Basta repasar lo que dijo el presidente del episcopado, Marcelo Colombo, al hacer memoria de los 50 años de la muerte del obispo riojano Enrique Angelelli asesinado por la dictadura, o la homilía del arzobispo porteño Jorge García Cuerva en San Cayetano: «La justicia social no es una teoría económica sofisticada, ni un eslogan partidario, ni una simple idea ideológica o sociológica, sino una exigencia evangélica imperativa desde el momento en que Jesús se identifica directamente con los marginados».
A la luz de lo anterior, sería difícil pensar que el papa llega a la Argentina para desautorizar a sus obispos. Todo indicaría que viene al país para confirmar lo que sus obispos hacen y dicen aquí. Pero habrá que observar cada detalle, los gestos, las fotos y toda la simbología de una visita oficial que tiene las características políticas y formales de una visita de Estado que dará lugar a interpretaciones diversas y puede confundir a más de uno.
Sumado a ello habrá que leer las múltiples manifestaciones de un acontecimiento que será de masas, que será político, cultural y religioso y, como sucede en todo el mundo, pleno de sorpresas y consecuencias imprevisibles hasta para el observador más sagaz.






