UNA BELLEZA INHUMANA

Argentina está entre los diez países con más cirugías estéticas del mundo y ya hay tratamientos dirigidos a niñas de 8 años. En la nota de la semana de Revista Acción, qué pasa cuando las redes sociales y el marketing imponen modelos cada vez menos reales a edades cada vez más tempranas.

Por Candelaria Schamun – Auspicia Banco Credicoop

En una de las múltiples publicaciones que ofrecen máscaras faciales para adolescentes, el anunciante destaca los «beneficios del spa facial para niñas»: afirma que fortalece la autoestima, fomenta la relajación, estimula el juego simbólico y promueve el vínculo entre amigas. El producto no se presenta solo como cosmético, sino como experiencia emocional, adaptada a una infancia que incorpora cada vez más temprano rutinas asociadas con el cuidado estético adulto.

​​​​​​​De acuerdo con datos de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (Isaps), Argentina se ubica en el quinto puesto mundial en aplicaciones de ácido hialurónico y figura entre los diez países con mayor número de cirugías estéticas. En paralelo, redes sociales como Instagram y TikTok amplifican modelos corporales hegemónicos y facciones estandarizadas. Pero hay más: algunas empresas tecnológicas ofrecen la posibilidad de crear «tu propio clon»: una versión digital, optimizada y siempre perfecta de uno mismo.

​​​​​​​Romina Andrea Barboza Astudillo es doctora en Ciencias Sociales (UNCuyo). Según su análisis, «las redes sociales, más que funcionar como un espejo, operan como productoras de realidades posibles. No devuelven una imagen especular, sino que proyectan ideales de belleza que refuerzan estereotipos que antes veíamos en celebridades, como modelos o actrices. Con el uso de filtros, las caras se ajustan a ciertos rasgos y criterios estéticos –algunos clásicos, como la simetría, con otros contemporáneos, como lo “natural”– y la imagen se vuelve cada vez más perfectible e ilimitada», dice.

​​​​​​​Cristina Pascutto es médica dermatóloga y miembro de la Sociedad Argentina de Dermatología (SAD). Para la especialista, durante la pandemia muchas rutinas de cuidado facial se popularizaron en redes sociales, con productos y aparatología incluso para niños y adolescentes. «El fenómeno de la cosmeticorexia expresa una obsesión creciente por la perfección estética. Impulsada por filtros y estrategias de marketing, promueve la homogeneización de rostros y cuerpos y refuerza la intolerancia a cualquier imperfección. Esto preocupa especialmente en la infancia», dice.

​​​​​​​A esto se suman influencers generados por IA. En Europa, figuras virtuales como Miquela Sousa o Aitana López, creada por la empresa The Clueless, tienen millones de seguidores. Ofrecen crear clones personalizados y versiones mejoradas de uno mismo. «Se corre el límite de la belleza de lo humano a lo posthumano. No únicamente porque ya no sabemos si miramos a una mujer real o a una influencer generada por algoritmos, sino porque la modelo humana se fotografía con su doble digital», cuenta Barboza Astudillo.

​​​​​​​Máscaras y góndolas

Marta Cufré tiene 37 años y una hija de 8. Cada vez que entran a una farmacia o perfumería, la escena se repite: apenas Elena detecta en las góndolas brillos labiales o máscaras de skincare, pide llevarse algo. Los envases, con ilustraciones de personajes como Kuromi o Stitch y colores vibrantes no parecen pensados para el cuidado de la piel sino para seducir a niñas y adolescentes.

​​​​​​​De vez en cuando, Elena se instala frente al espejo y despliega su ceremonia: se aplica cremas, bálsamos y mascarillas. «Puede pasar horas. No es un hábito diario, pero cuando se acuerda lo hace y no sale hasta terminar. En TikTok, los tutoriales de maquillaje y cuidado de la piel son una constante; las niñas los miran y los convierten en juego», dice Marta.

​​​​​​​Para Patricia O’Donnell, médica psiquiatra, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, durante la pandemia la vida social se trasladó a las pantallas, una vida virtual en donde la imagen y el aspecto se volvieron centrales: «La adolescencia es un momento de mucha vulnerabilidad, porque el cuerpo cambia y la identidad todavía está en construcción. Una cosa es cuando el interés por la apariencia forma parte del juego adolescente. Otra muy distinta es cuando se transforma en una obsesión que genera angustia, ansiedad o tristeza».

​​​​​​​Según el análisis de Barboza Astudillo, «hoy, con la inteligencia artificial generativa, ya no hablamos solo de imágenes retocadas sino de imágenes completamente sintéticas. El ideal de belleza deja de apoyarse en un modelo humano posible y atraviesa otra frontera: se construye desde una imagen que no existe en la experiencia corporal».

​​​​​​​40 minutos

Adriana González tiene una hija de 19 años que prefiere resguardar su identidad. «La primera vez que lo dijo fue casi al pasar: que en algún momento quería hacerse algo en los labios. No lograba verse reflejada con ese labio superior tan fino. Cuando una amiga empezó a aplicarse ácido hialurónico, consiguió el contacto de la profesional y decidió hacerlo», dice.

​​​​​​​«Con sus amigas miran influencers de belleza en TikTok y dicen “mirá esa boca, mirá la nariz, el pelo”. Las facciones se estandarizan: misma boca, mismo maquillaje. Ahora quiere aplicarse más ácido hialurónico; entran en un espiral adictivo. Se levanta una hora antes de salir y pasa cuarenta minutos maquillándose. Como padres proponemos otra mirada, pero es desigual frente a lo que ven en las redes», dice Adriana.

​​​​​​​La proliferación de imágenes sintéticas y modelos optimizados no solo redefine estándares estéticos. Cuando el cuerpo se vuelve editable y la apariencia circula como valor, la frontera entre lo real y lo simulado se vuelve difícil de distinguir.