Cada 2 de noviembre la ONU recuerda que el 85% de los crímenes contra periodistas queda sin castigo, una cifra que también explica por qué ciertos mercados cargan con primas de riesgo más altas
Impunidad contra periodistas: por qué la falta de prensa libre encarece el crédito y ahuyenta inversiones
Cada 2 de noviembre, Naciones Unidas recuerda el Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas. La fecha nació en 2013 y ya lleva más de una década de vigencia.
Hoy convive con una estadística que incomoda a cualquier economista: cerca del 85% de los asesinatos de periodistas en el mundo todavía no tiene condena, según datos recientes difundidos por la UNESCO.
Podríamos pensar que esto es apenas un problema de derechos humanos. No lo es del todo. La impunidad informativa también se traduce en números concretos para quienes deciden dónde poner sus inversiones.
Antes de girar un dólar hacia un país o una región, los inversores institucionales miden algo que rara vez figura en un balance: la calidad de las instituciones. La prensa libre, con todos sus defectos, es una de ellas.
Un mercado donde el periodismo económico puede investigar sin temor funciona como un control adicional sobre empresas y gobiernos. Reduce la asimetría de información que, tarde o temprano, termina pagando quien invierte a ciegas.
Cuando esa función se debilita —por violencia, censura o asfixia económica de los medios— el costo no desaparece. Se traslada a otro lado: tasas de interés más altas, riesgo país más elevado y menos apetito de capital externo.
La relación no es una intuición antojadiza. Transparencia Internacional viene mostrando, edición tras edición de su índice de percepción de la corrupción, que los países peor ubicados en controles institucionales cargan con primas de riesgo más altas.
El expresidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, lo resumió hace unos años con una frase que sigue circulando en foros de desarrollo: «la corrupción es el enemigo público número uno» para las economías en crecimiento.
El periodismo económico funciona, históricamente, como uno de los pocos antivirus disponibles contra ese enemigo. No por heroisímo, sino porque destapar un fraude corporativo o un sobreprecio estatal también es, literalmente, un negocio informativo.
Ese modelo de negocio está bajo presión. Como venimos siguiendo en la historia de la industria periodística, financiar investigaciones rigurosas nunca fue gratis, y hoy compite con plataformas que distribuyen información sin producirla.
Ahí entra la inteligencia artificial, con dos caras bien distintas para cualquier empresario que mida riesgos. La primera es una amenaza real para la calidad informativa que sostiene a los mercados.
Los deepfakes y las noticias generadas automáticamente ya movieron cotizaciones bursátiles con rumores falsos sobre ejecutivos, fusiones o incumplimientos soberanos. Un mercado inundado de desinformación sintética termina siendo, en los hechos, un mercado más caro para financiarse.
La segunda cara es una oportunidad concreta. Las mismas herramientas de IA que generan contenido falso también permiten cruzar balances, rastrear licitaciones y detectar irregularidades en volúmenes de datos que ningún equipo humano revisaría a tiempo.
Ahí asoma un nicho que recién empieza a tomar forma en la región: software de verificación automatizada, análisis forense de documentos públicos y monitoreo de reputación corporativa en tiempo real.
No es casual que gobiernos como el de Reino Unido estén premiando económicamente a quienes denuncian fraudes y sobornos, reconociendo que la información veraz tiene un valor de mercado que conviene incentivar.
También las plataformas tecnológicas empiezan a sentir presión regulatoria por cómo reparten sus ingresos con quienes producen la información original, algo que ya se discute en el pulso global entre las grandes tecnológicas y la industria informativa.
Para un fondo, una pyme exportadora o un inversor institucional, la cuenta termina mezclándose con lo financiero: cuánto vale, en tasa de interés, que en un país puedan investigar sin miedo lo que empresas y gobiernos prefieren ocultar.
La fecha que hoy recuerda a los periodistas atacados funciona, sin que casi nadie lo nombre así, como un indicador temprano de riesgo institucional para cualquier decisión de negocios en los próximos años.
Fuente: Ecos 365





